Descripcion de la Heráldica Episcopal de Mons. Alexander Rivera Vielma


Por: Ricardo R. Contreras
Profesor Titular de la Facultad de Ciencias de la Universidad de Los Andes Jefe de la Cátedra de Teología Comparada Juan Pablo II

En la heráldica eclesiástica católica, uno de los elementos más antiguos y característicos que coronan los escudos episcopales es el galero, un amplio sombrero de ala ancha que remonta su origen a la Edad Media, cuando los clérigos lo usaban físicamente como protección contra el sol durante los viajes o actividades pastorales. Con el tiempo, el galero dejó de utilizarse como prenda real, pero fue asumido como símbolo gráfico dentro de la heráldica para distinguir los diversos grados del orden clerical. En el caso del escudo de Mons. Alexander Rivera Vielma, el galero es de color verde, lo cual, conforme a la tradición heráldica, indica la dignidad episcopal, además el color verde está asociado con la esperanza y la vida pastoral, reflejando la función del obispo como pastor y guía espiritual del pueblo de Dios. Del galero cuelgan doce borlas del mismo color distribuidas de forma simétrica: seis a cada lado en tres hileras (1, 2, 3). Esta configuración no es meramente ornamental, sino que también representa el rango eclesiástico del portador del escudo. En efecto, el número y la disposición de las borlas están estrictamente regulados: un sacerdote solo lleva una borla negra a cada lado; los prelados domésticos, dos púrpuras; los obispos, como en este caso, seis verdes por lado, mientras que los arzobispos 10; los cardenales, quince rojas por lado; y el papa, en cambio, no emplea galero en su escudo, usa la triple tiara o desde Benedicto XVI, una mitra con tres franjas. Por tanto, el conjunto del galero verde con sus doce borlas no solo expresa la dignidad episcopal de Mons. Rivera Vielma, sino que se convierte en un signo visual de su autoridad pastoral episcopal sobre la porción del pueblo de Dios que le ha sido encomendada.

Otro elemento relevante es la cruz que se coloca detrás del escudo, en este caso una cruz de oro con un solo travesaño horizontal típica del obispo; se trata de una cruz procesional, es decir, una cruz que normalmente encabeza las procesiones litúrgicas y que porta un significado ceremonial y jerárquico. La inclusión de esta cruz detrás del escudo tiene como propósito representar la autoridad apostólica y sacramental del obispo, quien, por ostentar el sacramento del Orden en su plenitud, participa del ministerio de Jesucristo como cabeza visible de una iglesia local. En cuanto al color dorado de la cruz denota nobleza, pureza, luz y gloria, cualidades asociadas a la misión episcopal de ser signo visible de Cristo, Pastor y Maestro. Esta cruz, que tiene su base inferior asomando por debajo del listón con el lema episcopal, sugiere también que toda la vida y el ministerio del obispo se encuentra sostenido y fundamentado en el misterio pascual de Cristo crucificado y resucitado, recordando que el obispo está llamado a ejercer su servicio con la misma entrega de Cristo, quien cargó con la cruz por la salvación del mundo.

El cuartel superior izquierdo del escudo está ocupado por un campo de fondo verde, en el que destacan dos símbolos profundamente cristianos: un pez de color plateado orientado hacia la derecha heráldica y tres espigas de trigo de oro, dispuestas hacia arriba como brotando del mismo punto. Este conjunto de elementos expresa con gran fuerza visual y simbólica aspectos esenciales del misterio cristiano y de la espiritualidad pastoral del obispo. En primer lugar, el color verde del fondo representa la esperanza, la renovación de la fe, la vida y la perseverancia, virtudes centrales en el ministerio episcopal. El pez, símbolo cristiano antiquísimo, remite directamente a la figura de Cristo: los primeros cristianos usaban el acrónimo griego ΙΧΘΥΣ (Ichthys, pez en griego), cuyas letras se interpretan como Iēsous Christos Theou Yios Sōtēr (Jesús Cristo, Hijo de Dios, Salvador). Además, el pez también evoca la misión apostólica de ser “pescadores de hombres”, una vocación que el obispo asume plenamente al anunciar el Evangelio y guiar a los fieles. Por su parte, las tres espigas de trigo aluden claramente a la Eucaristía, ya que el trigo es materia esencial para el pan consagrado, cuerpo de Cristo. Estas espigas pueden también interpretarse como imagen de la Iglesia que crece y se alimenta del sacrificio eucarístico, y, simbólicamente, del fruto espiritual que brota del trabajo del sembrador evangélico. El número tres, además, tiene una carga simbólica trinitaria, recordando que toda acción de la Iglesia, y en particular la del obispo, se hace en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. La combinación del pez y las espigas reúne así los dos signos fundamentales del misterio cristiano: la Eucaristía y la evangelización, el alimento y la misión. En conjunto, este cuartel expresa el anhelo del obispo de centrar su servicio pastoral en Cristo, presente en la Palabra, en el sacramento, y en la comunidad que acoge y celebra su presencia viva.

El cuartel superior derecho del escudo episcopal muestra una letra “M” de estilo gótico y de color azul, que resalta sobre un fondo dorado, simbólicamente relacionada con la Santísima Virgen María. El color oro del fondo, en la tradición heráldica, simboliza la nobleza, la santidad, la generosidad, la fe y la gloria eterna, valores espirituales que iluminan la vida del creyente y, en particular, la vocación episcopal. Este campo puede interpretarse como un homenaje al papel fundamental de María en la historia de la salvación y en la vida de la Iglesia. El color azul de la letra “M”, tradicionalmente mariano, representa la pureza, la fidelidad, la verdad y la protección celestial. En el simbolismo cristiano, el azul es el color del cielo, y su uso en relación con María evoca su cercanía con el misterio divino, su maternidad espiritual sobre los fieles y su papel como Reina de todo lo creado. La colocación de este símbolo mariano en un lugar prominente del escudo, revela una profunda devoción mariana por parte de Mons. Alexander Rivera Vielma, quien manifiesta así su deseo de confiar su ministerio a la intercesión y al amparo maternal de la Virgen, en este caso bajo de advocación de la Inmaculada Concepción, patrona de su parroquia natal La Azulita, y de la Arquidiócesis de Mérida, donde por 27 años ha ejercido su ministerio sacerdotal.

El cuartel inferior del escudo, ubicado en posición central y basal, presenta una figura de altísima carga bíblica, litúrgica y teológica: el Cordero Pascual, imagen tradicional de Cristo inmolado y glorificado. Este cordero, de color blanco, se muestra de pie pero en actitud de descanso, con la cabeza erguida, manifestando así no debilidad, sino vigilancia y victoria. Porta sobre su lomo un báculo dorado, del que ondea un estandarte blanco, símbolo de la victoria pascual, en cuyo centro se inscribe un anagrama formado por las letras griegas Chi (Χ) y Rho (Ρ), las dos primeras del nombre de Cristo (Christós, ΧΡΙΣΤΟΣ). Este Cristograma Chi-Rho (☧) es uno de los más antiguos símbolos cristológicos, utilizado en la Iglesia primitiva y evoca el episodio donde el emperador Constantino el Grande tuvo su célebre visión del signo celestial acompañado por la frase In hoc signo vinces (“Con este signo vencerás”) antes de la batalla del Puente Milvio en el año 3125, que finalizó con la victoria le permitió ser el augusto de Occidente. Su presencia en el escudo no es meramente decorativa: identifica al Cordero no solo con la figura redentora de Cristo, sino también con su triunfo mesiánico sobre el pecado y la muerte, así como con su realeza espiritual.

El campo de fondo es de color rojo, tonalidad que en heráldica representa el amor divino, la sangre derramada, el martirio y la pasión, aludiendo directamente al misterio de la Cruz. Este mismo rojo recuerda que la redención ha sido alcanzada a través del sacrificio de Cristo, el verdadero Agnus Dei que quita el pecado del mundo, como exclama el tropo medieval del siglo X: Agnus Dei, sine peccati macula, solus permanens cuncta per saecula, nostra crimina dele, qui tollis peccata mundi; miserere nobis7 (Cordero de Dios, sin mancha de pecado, único permaneces por los siglos; borra nuestros crímenes, tú que quitas los pecados del mundo; ten piedad de nosotros).

En el plano bíblico, el Cordero Pascual remite al libro del Apocalipsis, donde aparece como el único digno de abrir el libro sellado con siete sellos8, siendo también el centro del culto celestial. Este cuartel inferior actúa como fundamento teológico y espiritual de todo el escudo, pues simboliza que es Cristo crucificado y resucitado quien sostiene, orienta y da sentido al ministerio del obispo. Su posición en la base del escudo refuerza esta idea: como cimiento firme, de él brotan los otros símbolos. Todo el conjunto comunica que la vida episcopal debe estar enraizada profundamente en el misterio pascual, centro y fuente de la fe cristiana, y que es el mismo Cristo, Buen Pastor, quien guía a su pueblo con el báculo de su amor redentor.

En el listel que se extiende bajo el escudo, se lee el lema episcopal: “Intuitus eum, dilexit eum”, cuyas palabras, tomadas del Evangelio de Marcos9, se traducen al castellano como: “Fijando en él su mirada, lo amó” o en su forma más resumida, “Lo miró con amor”10. Breves en apariencia, encierran, sin embargo, una profundidad insondable. Nos hablan de esa mirada de Jesús que no acusa ni sentencia, sino que alcanza el centro mismo del ser, allí donde habita la verdad más íntima de cada persona. Es una mirada que llama sin imponer, que invita a dejarlo todo y seguirle, y lo hace siempre desde el amor. Ese mismo amor, hecho de misericordia y de verdad, ha sido reflejo constante en su ministerio sacerdotal, y es ahora emblema visible de su servicio episcopal. Este lema nos recuerda que, en el corazón de toda vocación y de toda misión en la Iglesia, está el aprender a mirar como Cristo mira y a amar como Él ama: con ternura, con compasión, y con esa exigencia dulce y radical que nos impulsa a ofrecer lo mejor de nosotros mismos.

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